Este deseo de contentar á su gente, y al mismo tiempo de recibir sus inspiraciones, producía en ellos una gran confianza, y cuando veían que el cura contrariaba abiertamente sus deseos cada uno de ellos pensaba: «Ocurre algo. El cura no puede dar descanso».

Es indudable que el pueblo tiene siempre rasgos de genialidad, y más aún en tiempo de guerra.

Esa alma colectiva que se forma en las masas condensa las virtudes, los vicios, las crueldades de cada uno de los individuos que la forman.

Así, estas colectividades, cuando se sienten heroicas, son más heroicas que un hombre solo, y lo mismo cuando se sienten cobardes ó crueles.

Marino comprendía instintivamente que de sus guerrilleros toscos podía sacar lecciones, y las aprovechaba.

Después de pasar revista nos hacía acampar, y mientras parte de la fuerza quedaba de guardia en los caminos, otra se ejercitaba en maniobras de guerrillas, haciendo simulacros de ataques y defensas, de reconocimientos, de combates, de tiros al blanco y dando cargas de caballería.

Mientras tanto, Merino se sentaba en una silla de tijera, leía los partes que le enviaban, y de su sombrero de copa, su gran archivo, sacaba un cuadernillo de papel y contestaba, y daba sus órdenes á los comandantes destacados en diferentes puntos.

Nunca empleaba más de tres ó cuatro líneas en sus instrucciones; así que no necesitaba secretario.

A mí me llamó algunas veces para fingir comunicaciones falsas redactadas en francés, como si estuvieran enviadas de un comandante de un cantón á otro.

No le gustaba á Merino guardar papeles, y todos los que recibía los quemaba al instante.