—Decía que usted era un enemigo del pueblo, un confidente de la policía.

—¡Canalla! Quería desprenderse de los que sabíamos que era un ladrón. El fué el que instigó al populacho para que mataran a Chico, no porque Chico hubiese cometido atropellos, sino porque era testigo de uno de sus robos. ¿Y qué ha hecho ese tunante de Castelo?

—Acaba de suicidarse en una guardilla de Barrios Bajos.

—¿Qué me dice usted?

—Lo que oye. Desde la muerte de Chico le vino la mala suerte. Le expulsaron del Ejército, y el partido progresista le abandonó; ya no le servía de instrumento. Castelo comenzó a andar por las tabernas y a servir de hazmerreír a la gente. Decía que él había hecho la Revolución y que había acabado con Chico. Luego creo que alguno de los hombres de la ronda de Chico le amenazó y le asustó.

Poco después a Castelo se le metió en la cabeza que Chico vivía aún, que le perseguía y le acechaba en las esquinas. Cuando tenía esta alucinación echaba a correr hasta que se caía de cansancio.

Una noche, sin duda, la alucinación fué tan espantosa que se ahorcó con un trozo de cuerda en el montante de una puerta. Su asistente y yo hemos sido los únicos que hemos acompañado su cadáver a la fosa común.

—¡Qué final!—exclamé yo; y seguí andando en dirección de mi casa.


IX.
ALIMAÑAS