—No; ya sabía que había usted salido de allí hace tiempo.
—¿Todavía sigue usted actuando de revolucionario?—le pregunté con sorna.
El se calló.
—Diga usted, ¿por qué tenía usted tanto interés en prenderme en la Plaza Mayor? ¿Era, de verdad, el odio del carlista al que había trabajado, como yo, en el Convenio de Vergara?
—Yo no soy carlista. Si estuve en la facción fué por compromiso.
—Entonces, ¿por qué tanto ahinco en prenderme?
—Nos había recomendado la prisión de usted el brigadier Castelo.
—¿Y por qué?
—¿No se incomodará usted si le digo la verdad?
—No.