—Que caiga la venganza sobre mí, que soy la más culpable—decía ella.

Miguel quería creer que don Tomás era un pobre hombre que no se enteraba de nada, ni era violento. Sin embargo, iba sabiendo que su patrón había tenido negocios peligrosos de contrabando, que se había manifestado como un guerrillero audaz, y que en sus tentativas de conspiración con los absolutistas había sido tan atrevido como enérgico.

Don Tomás guardaba secretos de sus correligionarios; la cueva de su casa, según se decía, estaba llena de cajas con papeles y documentos. El era el único que sabía lo que había dentro. Si alguno conocía parte de sus secretos, era el portero, el Cuervo, su hombre de confianza.

Muchos le tenían a este antiguo soldado del ejército de la Fe por cómplice de su amo. ¿Cómplice de qué? No se sabía; pero la idea de que entre los dos habían hecho algún desmán, se imponía al verlos. El Cuervo estaba entregado a su amo en cuerpo y alma.

Soledad, al pasar por el portal, temía la mirada de aquel zapatero siniestro.

Don Tomás solía ir con frecuencia a la librería de Monnier, con Miguel, a leer periódicos realistas franceses, cuyas noticias le interesaban.

Cuando la cuestión del supuesto robo de Castelo, y cuando Miguel no quiso dejarse registrar y fué llevado a la cárcel, don Tomás, a pesar de su impasibilidad, quedó sorprendido. La energía de su dependiente le admiró, y comprendió que era un hombre de fibra. Miguel llevaba en el bolsillo las cartas de Soledad y su Diario.

Rocaforte, al ingresar en la Cárcel, pensó que el peligro en que se encontraba Soledad estaba conjurado; y se prometió no decir nada, aunque tuviera que permanecer allí largo tiempo.

Don Tomás examinó la conducta de su dependiente y llegó a ver en claro la causa por la cual no había querido dejarse registrar.

Le faltaba la prueba, y supuso que, tarde o temprano, la encontraría.