A otro quizá la reflexión le hubiera echado atrás; pero Miguel tenía alma de conquistador, de guerrillero y más bien amaba el peligro que lo rehuía.
Soledad había vivido en un ambiente completamente hostil; cuidaba de su madre, hacía los quehaceres de la casa y estaba espiada por todos los vecinos y vecinas, comenzando por la Pepa y la Juanita. Si alguna vez se quejaba de que su vida era triste y aburrida, los pocos contertulios que visitaban a don Tomás caían sobre ella, y la decían, entre ironías y sarcasmos, que la vida ideal para una mujer consistía en estar unida a una persona respetable y religiosa. Todo lo demás no valía nada, eran únicamente tonterías y romanticismos de la época. En este todo lo demás entraba lo único agradable que puede tener la vida.
Soledad llevaba una existencia triste, cuidaba de su madre, hacía los quehaceres y apenas salía de casa. No había estado nunca en el teatro ni leído mas que libros de religión. No tenía amigas; los días de fiesta iba a la iglesia de las Descalzas, y después daba una vuelta para hacer algunas compras.
Miguel, en su exaltación romántica, convenció pronto a Soledad que la vida no era esta triste rutina; que el amor resplandece en la existencia como la Vía láctea en las noches estrelladas, y que cuando el corazón ha hablado se puede y se debe saltar por encima de las preocupaciones sociales.
Ella se dejó convencer rápidamente; él seguía escribiéndola cartas, que ella leía y que contestaba robando horas al sueño. Miguel y Soledad tuvieron un domingo una cita, y luego varias. El solía esperarla en el claustro de las Descalzas, y en una de las ventanas dejaba escrito con lápiz el sitio de la cita donde debían reunirse.
A pesar de todas sus precauciones, los amores trascendieron. La Pepa, la Juanita y el Cuervo habían formado, alrededor de ellos, una red de espionaje.
Don Tomás se manifestaba impasible, sin la menor sospecha, de una ecuanimidad extraordinaria. Soledad sentía un gran terror, que iba aumentando por momentos al encontrarse frente a su marido, y este terror se lo comunicó a su amante.
Su esposo era hombre de una frialdad terrible y de unas pasiones reconcentradas, le decía a Miguel. Ella le había visto algunas veces, aunque no muchas, perder su aire tranquilo y convertirse en una fiera.
La posibilidad de que su marido, enterado ya de cuanto ocurría, se manifestara tan impasible, redoblaba su terror. Soledad temía que su marido lo supiera todo y estuviera preparando una venganza terrible.