La confianza entre Soledad y Miguel se fué estableciendo muy lentamente, y de repente brotó entre ellos el amor como una llama.
Quizá Miguel tenía ideas falsas acerca de las mujeres, y decía muchas veces insensateces y locuras; pero Soledad sabía, sin duda, desprender toda la broza literaria de la conversación de Miguel y no ver en sus palabras mas que el entusiasmo que se transparentaba en ellas, como en su actitud y en su expresión.
Por otra parte, Soledad tenía horror por el adulterio y por el escándalo; pensaba a todas horas en el infierno; pero Miguel le inspiraba confianza.
Durante el día Miguel solía ver algunas veces a Soledad asomada a los cristales desde las rejas de su despacho, y llegó un tiempo en que sabía las horas exactas en que ella se asomaba.
Un domingo, por la mañana, Miguel escribió una carta de amor y se la mostró a Soledad desde la ventana del sotabanco. Ella hizo desde dentro un signo de asentimiento. Miguel metió la carta en un libro, lo ató con un bramante y fué bajándolo hasta que ella pudo coger el libro. Al día siguiente Soledad contestaba, y una correspondencia apasionada se cruzaba entre los dos.
Miguel inventó una porción de procedimientos ingeniosos para que no se descubriese la correspondencia, y durante algún tiempo nadie se enteró.
Sin duda alguna, Miguel vió en la iniciación de aquellos amores un triunfo personal, un triunfo de soberbia contra la estupidez satisfecha de don Tomás y el dogmatismo categórico y cerril del padre Cecilio; Miguel pensó más en su vanidad satisfecha que en la mujer que por él se comprometía; después fué perdiendo la satisfacción de su orgullo y se encontró preocupado con la situación en que se hallaba y con la que había dejado a la mujer que quería.
En aquel momento se olvidó de su actitud literaria, romántica, y comenzó a adquirir una idea de responsabilidad.
Entonces se le ocurrió el proyecto de ponerse a estudiar francés e inglés, e irse al extranjero con Soledad.