—Esa no dice a nadie que no—acabó diciendo la chulona de la guardilla—; cuando se le va un cortejo, toma otro. Pobre marido.

Miguel, que se vió solicitado por las dos mujeres, se dió tono y no se decidió por ninguna de las dos.

Don Tomás, al saberlo, comenzó a tener alguna confianza con Miguel y a convidarle a comer los domingos por la noche.

No era un anfitrión muy amable don Tomás. Hablaba poco. Leía la Gaceta o algún periódico moderado y hacía comentarios sobre la marcha política de España, siempre desde un punto de vista terriblemente absolutista y ultramontano. Miguel tenía que ocultar sus ideas y estaba obligado a rezar el rosario al despedirse para irse a dormir.

A veces, en la conversación, haciéndose el cándido, intentaba dar una opinión liberal; pero don Tomás le hacía callar con desdén, como si no mereciera la idea expuesta el ser examinada en serio.

Cuando iba de tertulia el padre Cecilio, éste definía desde lo alto de su sapiencia, y sus opiniones eran dogmas. Lo había dicho el padre Cecilio, no se podía volver sobre el asunto. Miguel tenía que violentarse y morderse los labios para no protestar de las opiniones del fraile. Más que la opinión en sí le molestaba el tono sin réplica con que la emitía el padre franciscano.

La mujer de don Tomás, Soledad, era una mujer joven, bonita, con una cara de virgen resignada y triste. Soledad tenía el óvalo de la cara muy alargado, los ojos grandes, obscuros, la expresión melancólica y el color pálido; se tocaba con sencillez, sin coquetería, y vestía siempre de negro.

La madre de Soledad, mujer enferma, medio paralítica, vivía encerrada en su cuarto, cuidada por su hija. Soledad se había casado con don Tomás, a pesar de que le doblaba la edad, pensando en su madre enferma, porque madre e hija antes de casarse ésta vivían en una pobreza rayana en la miseria.

Don Tomás creyó que había hecho bastante con librar de la miseria a Soledad y a su madre, y no se ocupaba gran cosa de su mujer. Suponía que Soledad debía ser su ama de llaves, y que este cargo le tenía que bastar para estar satisfecha y contenta.

Miguel, al principio, no se ocupó de Soledad, ni Soledad de Miguel; pero llegó un día en que empezaron a observarse el uno al otro, y él fué viendo que, a pesar de su aire encogido y triste, ella era una mujer bonita, y Soledad notó que Miguel era un guapo mozo que le miraba a hurtadillas siempre que podía.