Los liberales, en vez de obrar inmediatamente, se dejaron convencer.
A la misma hora Quesada había sido llamado por el secretario del Ministerio de lo Interior, don Mariano Zea, al Principal. Estaban allí el corregidor marqués de Pontejos y el capitán general conde de Ezpeleta. Se decía, sin duda, que Quesada tenía participación en el movimiento de los milicianos.
Zea y Ezpeleta, que estaban desprevenidos y no contaban en aquel momento con fuerzas, le dijeron a Quesada que debía ir a la Plaza Mayor a verse con los sublevados y a preguntarles qué es lo que deseaban y cuál era la causa de su movimiento.
Fueron Quesada, Pontejos y el concejal Roca a la Plaza Mayor, donde les esperaban Olózaga y Borrego. Quesada se quejó de que en el Arco de Platerías hubiese atravesados carros y maderos. Borrego le dijo que se quitarían. Subieron a una habitación alta del Ayuntamiento y se celebró una reunión. Quesada y Pontejos esperaron el resultado en un cuarto próximo.
En la reunión estaban los jefes de la Milicia: el duque de Abrantes, Gálvez, Castaño y José María Sanz; otros oficiales, como el capitán Ríos, el capitán Nocedal y muchos paisanos: Chacón, Espronceda, Gaminde y los diputados liberales.
Entonces Borrego dijo que el general Quesada conocía el origen del movimiento; que no pretendía ser mas que una manifestación de la Milicia Urbana; que después de dirigir una petición a la Reina se disolvería.
Los liberales quedaron extrañados. ¿Entonces, para qué nos han llamado?, se preguntaban. Chacón y el conde de las Navas insistieron en la formación de una Junta. Espronceda y Borrego replicaron que era desvirtuar el movimiento y que se había dado palabra al general de no ir más allá.
Se discutió entre unos y otros, y se apeló a los jefes de la Milicia, y éstos, en su mayoría, afirmaron que los milicianos no querían mas que hacer la petición a la Reina y disolverse.
Como no había unanimidad se dijo que convenía llamar a todos los jefes y oficiales de la Milicia Urbana y consultarles. En general, todos fueron partidarios de la exposición, seguida de la disolución inmediata.
Ante esto, los partidarios de la Junta cedieron, y Olózaga y Borrego entraron en un salón e hicieron como que redactaban un escrito, que ya tenían redactado. Después fueron a ver al general Quesada y le entregaron la exposición para que la llevara al ministro.