Pasaba el tiempo, y los milicianos en la plaza iban perdiendo el entusiasmo al ver que no se tomaban determinaciones rápidas. Algunos isabelinos empezaron a reforzar las barricadas de los arcos; pero el comandante Sanz y Borrego, con un grupo de oficiales, mandaron que se quitaran los obstáculos, pues se había prometido a Quesada dejar las puertas francas.

Con la exposición de los milicianos en el bolsillo entró en la sala Quesada, donde se discutió.

Borrego explicó lo ocurrido; dijo cómo se había escrito una exposición a la Reina; que una copia se había dado a Quesada para que la mostrara al Gobierno, y que los jefes de la Milicia querían ir a la Granja a entregarla a la Regente.

Quesada habló. Dijo las vulgaridades de cajón.

Que desaprobaba los tumultos de la fuerza armada contra el Gobierno constituído; que la Milicia Urbana no debía salirse del campo de la ley; que aquel acontecimiento favorecía a los partidarios de Don Carlos, y que él llevaría la exposición al Ministerio.

Con esto se retiró.

Chacón replicó que había ido engañado a la reunión, pues le habían avisado que se quería formar una Junta de Gobierno; que, puesto que se trataba de otra cosa, se retiraba, no sin advertir que la exposición tendría la eficacia de los paños calientes y del agua de cerrajas. Por otra parte, él no podía creer que el general Quesada fuera siempre tan atento con los Gobiernos constituídos, pues todo el mundo recordaba que el general, ahora tan respetuoso con lo establecido, había sido un faccioso y un rebelde en los años 22 y 23, en los cuales había mandado el Ejército de la Fe, que era una gavilla de asesinos.

Borrego y Espronceda no supieron qué decir, y Chacón y los suyos se marcharon. Su marcha fué un desencanto para los exaltados.

A media noche comenzaron en la plaza las discusiones y las riñas. Estaban encendidos los faroles y se habían hecho algunas hogueras. Hubo grandes peleas entre exaltados y pacíficos; los exaltados eran de Madrid, y a los pacíficos los llamaban de Guadalajara. Los exaltados decían que era una vergüenza haber servido de comparsas a Espronceda y a Borrego, con los cuales Quesada estaba jugando; los pacíficos respondían que no se habían comprometido mas que a aquello. Los exaltados insultaban a los pacíficos, y añadían que deshonrarían la Milicia si soltaban las armas. Entre conversaciones y discursos se bebió mucho y la exaltación volvió a los ánimos.