Mientras los milicianos discutían y reñían con furia en la Plaza Mayor, el Gobierno, representado por el capitán general de Madrid, el superintendente de policía, el secretario Zea, el alcalde, Pontejos, y el concejal Roca, discutieron la exposición de la Milicia llevada al Principal por el general Quesada y Olózaga.

Zea dijo que el Gobierno no podía resolver acerca de la mayoría de las peticiones sin las Cortes. Que en la exposición había que borrar estos puntos, para resolver los cuales no tenía atribuciones el Ministerio.

Volvió Quesada a la plaza a las cuatro, y Borrego redactó una nueva exposición, suprimiendo todos los puntos importantes de la anterior, y Quesada se encargó de llevarla al Ministerio. Al salir dijo que quitaran las barricadas, porque era inútil y peligroso dejarlas.

Salió Quesada de la plaza para el Ministerio, y tras él, una comisión de seis oficiales milicianos, con el duque de Abrantes a la cabeza, que iban a pedir al Gobierno que les diera pasaporte para llegar hasta la Reina y entregarle a aquella exposición tan venida a menos.

Estando los jefes en el Ministerio llegó una proclama, impresa en la Imprenta Real, con este título: «La Milicia Urbana de Madrid, al pueblo y benemérita guarnición».

Quesada les reconvino a los jefes urbanos por la proclama, y éstos protestaron de que no habían sido ellos los inspiradores de este papel. Pensaban que serían los amigos de don Fermín Caballero y de Chacón los que habían impreso aquello. Zea, entonces, haciéndose el enérgico, dijo que de ninguna manera podía dar los pasaportes a los que miraba como rebeldes, y el capitán general le dió la razón.

Zea supo en aquel momento que tenía la guarnición de Madrid segura, y por esto se sintió valiente.

Los oficiales, ya asustados, dijeron a Quesada que volviera a la plaza, y que entre todos convencerían a los urbanos para que se retiraran sin más exigencias.

Fueron de nuevo a la plaza Quesada, acompañado del coronel de la plana mayor de la Guardia Real, don Cayetano Urbina, y del teniente de caballería Pezuela.

En la habitación donde se habían celebrado las anteriores conferencias entraron los jefes, los soldados urbanos y los amigos de Espronceda y Borrego.