Quesada les recriminó por la proclama dirigida al pueblo, y Espronceda y Borrego dijeron que ellos no la habían escrito.

—Es la expresión de los sentimientos de la mayoría de la Milicia Urbana—saltó diciendo uno del público.

—No es cierto.

—Sí, sí; lo es. ¡Bravo!

Quesada, que iba incomodándose, dijo que era necesario que los sublevados quitasen las barricadas, pues si no, él se pondría a la cabeza de la Guardia Real y les dejaría sepultados bajo las ruinas de la plaza.

Quesada puso su cara de pocos amigos para decir esto. Borrego y Espronceda, agarrándose a la última tabla de salvación, afirmaron que se quitarían los obstáculos si la tropa se retiraba a sus cuarteles y se cumplía lo pedido en la exposición.

El general dió por terminada la conferencia y comenzó a bajar las escaleras refunfuñando, diciendo que iba a hacer una de las suyas.

Quesada apareció en los soportales de la plaza rodeado de los dos oficiales de la Guardia Real, de uniforme, y seguido de Espronceda, Borrego, Ventura de la Vega, Luis González Brabo, y otros.

Al ver que había obstáculos en el callejón del Infierno gritó a uno de los comandantes:

—¿No habíamos quedado en que desaparecerían las barricadas y que los milicianos se retirarían a sus casas?