—¡Hombre, eso está mal!—le dije yo.

—¿Por qué?—preguntó el hombre extrañado.

—Yo me figuro que el bacalao es un pez, y comérselo y reírse luego de él, no me parece bien.

—¡Vamos! Usted es un guasón. Pues sí, me tomo un quince o dos quinces, y le hago un corte de mangas al mundo entero.

—Hasta que el vino te haga un corte de mangas a ti, Tuerto, y te lleve al Este—dijo el librero.

—¡Bah!

—Ten cuidado con esa nariz, se va pareciendo al Vesubio en ignición.

—Te veo... Vesubio.

—¿Tiene usted hijos, trapero?—le pregunté yo.

—Se tienen ellos...; yo, no... Yo los he traído al mundo...; ellos se agarran como pueden... ¡Salud, señores!