—Todo no es mas que miseria—dijo el librero.
—¿Saben ustedes cómo arreglo yo eso?—preguntó el trapero.
—¿Cómo lo arregla usted?
—Pues echándome un quince siempre que puedo.
—La otra manera de arreglarlo es la filosofía.
—Mi filosofía es el vino. ¿Hace alguna de estas cosas, caballero? Me da usted lo que usted quiera por ellas.
Le di tres pesetas por los dos folletos y por la proclama.
—¡Bueno, señores!—dijo el hombre volviendo a atar los libros—. Me voy a dedicar... a la filosofía.
—Es usted un compadre alegre y jovial—le dije yo.
—Naturalmente. Ahora me voy yo a la taberna del Vaqueiro del callejón de Preciados, y me tomo una tajada de bacalao y un quince, y me río yo de los peces de colores.