—No los quiero—dijo el librero—; te los puedes llevar, Tuerto, yo ya me retiro.
—A ver que trae usted ahí—le indiqué yo.
—Lo daré muy barato—me dijo el trapero, dejando el paquete en una silla y quitándole una lía hecha con bramantes viejos y balduques.
Había un tomo del Palacio de los Crímenes, de Ayguals de Izco; la Historia de la revolución del 54, por Ribot y Fontseré; dos folletos de Aviraneta, varios Ecos del Comercio, amarillos, y la proclama de los nacionales en agosto de 1835.
Ni el librero ni el trapero habían oído hablar nunca de Chico, ni de Aviraneta, y mucho menos del pronunciamiento de los Urbanos.
A mí, que había visto durante tanto tiempo carteles pintados con la muerte de Chico, del Cura Merino y de los hermanos Marina, que un hombre mostraba con un puntero en las plazas, me chocaba que todo esto hubiera desaparecido tan completamente del recuerdo de las gentes.
Y, sin embargo, así era.
—Todo esto que traes aquí—dijo el librero—no vale nada. Cosas pasadas, sin importancia.
—Nosotros también somos viejos—repuso el trapero y se nos ha pasado el tiempo.
—Todo pasa, amigo trapero—le dije yo—. La hoja del árbol cae, la hoja de rosa se marchita, la hoja de papel se arruga y la comen los lepismas. El lepisma devora el papel; la carcoma y la polilla devoran la madera; las penas nos devoran a nosotros hasta que entregan su presa a los gusanos.