El Eclesiastés.
Por la época de la guerra de Cuba—dice Leguía—, solía ir yo a Madrid a un hotel de la calle del Arenal, y visitaba las librerías de viejo próximas. Me detenía con frecuencia a charlar con un librero de viejo que tenía su tienda en una rinconada que había en la calle de Capellanes, al acercarse a la calle de Preciados.
Le había encargado a este librero, como a otros, que me guardase lo que encontrara de papeles históricos y de estampas españoles del siglo xix.
El librero era un viejo, muy viejo, y me proporcionaba lo que le pedía.
Cuando subía desde la calle del Arenal por la de Capellanes solía echar una mirada por una ventana enrejada que daba al horno de una panadería, y recordaba la historia de don Tomás Manso y de su sobrino. Unos años más tarde de la guerra de Cuba, el librero de la rinconada me dijo que tiraban la casa grande de los Capellanes y que él iba a traspasar su tiendecilla.
Cuatro o cinco meses después vi la casa de la calle de la Misericordia derribada y la alineación de la calle de Capellanes hecha.
El librero me dijo que al derribar la casa, en un sótano, debajo de un almacén que tenía en la pared una fuentecilla con una cabeza de Medusa, se encontró un esqueleto de un hombre y unos huesecillos de feto.
Los anticlericales de la vecindad supusieron que estos serían de alguna monja del convento vecino; respecto al esqueleto del hombre no se pudo saber de quién era.
El día en que el librero me contaba esto entró un trapero, un tuerto desharrapado de cara alegre, barbas enmarañadas y la nariz roja, con un gran lío de papeles.