El chico del calesero se vestiría de muchacha; el padre Anselmo, con traje de aldeano, y yo sería el calesero. Iríamos hasta las Ventas del Espíritu Santo, esperaríamos allí, donde dejaríamos la calesa, y marcharíamos en un carro camino de Alcalá, como si fuéramos a la gran feria que se celebraba en la ciudad del Henares el día 24. Así lo hicimos, y todo nos resultó bien.
El ahijado de don Anselmo, a quien le habíamos anunciado nuestra llegada, nos esperó y nos llevó a una finca que tenía a una legua del pueblo.
Era una propiedad no muy grande, pero muy bien cuidada. Juan, el sobrino y ahijado del padre Anselmo, era un hombre joven, fuerte, labrador, cazador y muy activo. La mujer, la Ambrosia, era una mujer rozagante, que había echado al mundo nueve hijos y pensaba seguir echando más.
Juan, con su escopeta y sus perros, marchando de caza al amanecer, acostándose al hacerse de noche y contento con su suerte, me recordaba a García del Castañar.
El matrimonio nos recibió muy amablemente al cura y a mí.
Viví yo en aquella casa una semana, y, pasada ésta, me despedí del padre Anselmo y de sus sobrinos y me fuí a Zaragoza.
Aquí publiqué un folletito sobre el Estatuto Real, en la imprenta de Ramón León, y esperé hasta que Mendizábal me llamó y me dió un encargo para Barcelona; pero esto—terminó diciendo Aviraneta—es otro capítulo de mi vida.
EPÍLOGO
Todo es hecho del polvo, y todo se tornará en el mismo polvo.