—¿Se puede ir hacia la Plaza Mayor?—les pregunté.
—No; no vaya usted por allí, padre.
—Entonces tendré que volverme a casa.
Seguí hasta la calle de Segovia. En la escalera de casa de doña Nacimiento me quité el manteo y me encontré con don Anselmo.
Pasamos el cura y yo seis días en aquella casa, sin salir una vez siquiera, esperando el giro de los acontecimientos.
Supimos que al volver el Gobierno de la Granja, el presidente, el conde de Toreno, ofreció doscientas onzas de oro y un empleo a quien descubriera mi paradero, y la policía hizo los mayores esfuerzos para cogerme.
El padre Anselmo y yo preparamos un plan de fuga. El padre Anselmo tenía un sobrino y ahijado que vivía en Alcalá. Unos días después, el 24 de agosto, era la feria de este pueblo.
Saldríamos de Madrid en calesa hasta las Ventas del Espíritu Santo; aquí esperaríamos una galera y entraríamos en Alcalá, confundidos con carreteros y arrieros que fuesen a la feria, e iríamos a parar a casa del ahijado del cura.
Doña Nacimiento conocía a un calesero y le llamó. El calesero era liberal y se prestó a lo que le propusimos.