Yo volví al banco y grité:
—¡Señores! Esto está acabado. Yo no tengo la culpa. A mí me han llamado tarde. Ahora cada cual que se vaya a su casa.
Al anochecer, los milicianos, en masa, dejaban sus fusiles y se marchaban.
Los ex voluntarios realistas de los Barrios Bajos, al ver la derrota de los milicianos, atacaron a los fugitivos a tiros y a palos, y no sé si llegaron a matar a alguno. Sobre todo, las viejas se mostraron más terribles, y esperaban a los liberales con la navaja en la mano. A una de estas furias, que cosió a cuchilladas a un miliciano que pretendía entrar en su casa, la prendieron, la juzgaron y la llevaron, pocos días después, al patíbulo.
Así, el despecho de Quesada, la ambición de Espronceda y de Borrego, los planes míos, concluyeron en que se ejecutara a una pobre vieja, fanática, que creía seguramente que era una obra meritoria el matar a un liberal.
IV.
ESCAPATORIA
Que aquesto es el Castañar
que más estimo, señor,
que cuanta hacienda y honor
los reyes me pueden dar.
Rojas: García del Castañar.
Al anochecer del día 16, cuando vi la Plaza Mayor desierta, entré en la taberna próxima a la Escalerilla; saqué la maleta del padre Anselmo, y me puse el manteo y la teja nueva. Metí mi sombrero en la maleta, y bajé por la escalera a la calle de Cuchilleros. Llegué hasta Puerta Cerrada y encontré allí una patrulla de voluntarios realistas.