Le dije que parte de la Guardia Real se vendría con nosotros; que yo me comprometía a verle a Urbina, y que le convencería o me fusilaría. Luego supe que el oficial que le acompañaba a Quesada no era el Urbina que conocía yo, sino otro; le dije también que el coronel don Antonio Martín, hermano del Empecinado, sublevaría su regimiento de caballería.
—¿Cómo vamos a sostenernos en esta plaza?—me dijo Miláns—. ¿Dónde están los víveres?
—Salgamos de aquí—le dije yo—. Cinco mil hombres y un regimiento de caballería es mucho.
—Sí, si hubiera disciplina; pero no la hay. Estos hombres están desmoralizados.
—Entonces la partida está perdida. Démosla como terminada.
Yo subí sobre un banco de la plaza y expliqué que no había mas que una alternativa: o salir inmediatamente y atacar a las tropas en la Puerta del Sol y seguir adelante, o abandonar la empresa.
—¡Vamos! ¡Vamos!—gritaron los exaltados.
Pero ya era imposible, y nadie dió el paso adelante.
Los cañones de la tropa comenzaron a acercarse a los arcos.