—¿Quieres acompañarle a este cura?
—Sí.
—Pues vete con él a la calle de Segovia; bajando a mano derecha, y en una casa grande, entre la plaza de la Cruz Verde y la calle de la Ventanilla, que tiene en el piso bajo una panadería, entráis, subís al piso cuarto y preguntáis por doña Nacimiento. La dices a esa señora que el cura va de parte de don Eugenio y que me esperará allí.
—Muy bien.
El cura quería llevarse la maleta.
—Deje usted la maleta aquí, yo se la mandaré dentro de un momento.
Se fueron el padre Anselmo y Bartolillo; guardé yo la maleta en una taberna próxima a la Escalera de Piedra y me dediqué a examinar tranquilamente la situación.
La partida estaba perdida.
Hablé con los jefes de la Milicia Urbana, y cada uno opinaba de manera diferente. Le envié un recado a Palafox por si éste se atrevía a ponerse a la cabeza del movimiento; pero a Palafox no le convenía aparecer, y se eclipsó.
Entonces hablé con el capitán Miláns del Bosch, hombre enérgico, para ver si él era capaz de erigirse en jefe del movimiento y asumir su responsabilidad.