Yo estaba preparado y el padre Anselmo también.

—Aprovéchese usted—le dije—y salga usted conmigo.

—Pero, ¿cómo?

—Nada, nada, coja usted sus bártulos y sígame usted.

El alcaide se quiso oponer; pero hice que nos rodearan a los dos los milicianos y salimos a la plaza de Santa Cruz, y después, a la Plaza Mayor.

El pobre cura, al ver tanta gente armada, estaba asombrado. Con su maleta en la mano no sabía qué hacer.

Al entrar en la Plaza Mayor le vi a Bartolillo, el chico de la librería de la calle de la Paz, que andaba curioseando por allá. Le llamé:

—¡Bartolo!

—¿Qué?