—¡Abajo!
Los milicianos fueron a coger sus armas; y todo el grupo de Quesada y sus amigos lo hubiese pasado mal si los milicianos de Guadalajara no hubieran formado en los arcos para defenderles. Quesada, con los suyos, se dirigió corriendo hacia el Arco de Platerías, y saltando por una barricada salió a la calle Mayor. Con él salieron los dos oficiales y Espronceda, Borrego y los paisanos.
Quesada iba echando espuma por la boca, de rabia, e inmediatamente se presentó al Gobierno a ofrecerse para atacar inmediatamente a los sublevados.
A las seis de la mañana las tropas del Gobierno, dirigidas por Latre, Ezpeleta y Quesada, salían de los cuarteles y ocupaban la plaza de Oriente y la de los Consejos, y poco después, la calle de Santiago y la del Sacramento, hasta la plaza del Conde de Barajas. A esta hora los sublevados pensarían en mí.
III.
PARTIDA PERDIDA
Sólo a las temeridades
las sentencia la fortuna;
pues con juicio desigual
hace que el nombre les den:
de hazaña, si salen bien,
y de locura, si mal.
Bances Candamo: Por su rey y por su dama.
Estaba la partida perdida cuando los sublevados pensaron en mí.
A eso de las nueve, un grupo de milicianos armados se presentaron en la plaza de Santa Cruz delante de la Cárcel de Corte; entraron aquí, llamaron al alcaide y le exigieron que me dejara en libertad. El alcaide, naturalmente, se opuso; pero, ante la amenaza de soltar a todos los presos, cedió.