—¡Ah, vamos! Así que usted sigue siendo cristiano.

—Sí, sí.

—Porque hay otros, ¿sabe usted?, que van a las logias masónicas, y allí creo que hacen horrores. ¡Ave María Purísima!

El padre Anselmo me entretenía con su conversación, cándida e inocente.

Muchas veces me hablaba del campo, de lo que estarían haciendo por aquellos días en su pueblo. Su charla tenía un sabor de aldea que me encantaba. No hay sitio, ciertamente, en donde los recuerdos del campo tengan más valor, ni más encanto, que en la cárcel; así que yo le oía al cura viejo entretenidísimo.


V.
LUCHAS

Tienen dos madres, las dos madrastras: la ignorancia y la miseria.

Víctor Hugo: Los Miserables.