Entre aquellos bandidos y estafadores, la influencia de un lugarteniente de Candelas, como Paco el Sastre, era decisiva. Yo les ayudé lo que pude a los que se vinieron al campo liberal.

Con motivo de la división entre carlistas y liberales se producían riñas constantes; un día hubo en el segundo patio una gran pelea entre un bandido que llamaban el Raspa, que había sido procesado a raíz de la matanza de frailes, y un guerrillero carlista, el Ausell.

Se desafiaron: el Raspa le tiró una navajada y le cortó la cara, mientras el otro le dió una cuchillada en el pecho que le dejó medio muerto.

Yo hice un padrón de los presos liberales, de los carlistas y de los indefinidos, y como prefacio al padrón, un ligero estudio acerca de la psicología de los tipos desde el punto de vista del mayor o menor valor que podían tener para una conspiración.

Aviraneta me confesó que en su tiempo pensó hacer, más o menos en broma, el manual del perfecto conspirador.


VI.
EL SEGUNDO PATIO

En el patio de la cárcel hay escrito con carbón: «Aquí el bueno se hace malo, y el malo se hace peor».

Carcelera.

Yo no soy precisamente un sentimental, ni un poeta de delicadezas ni de ternuras, y, sin embargo, la perspectiva del segundo patio, la primera vez que entré en él, me hizo un efecto terrible. Era un cuadrado con paredes altas y lleno de gente.