El fuerte manda y gallea; el cobarde adula y se envilece. Allí no hay que hacerse ilusiones. Hay que dejar toda esperanza; no hay mas que miradas de odio, de rabia, de desesperación o de desprecio. El que teme caer, sabe que si cae todos pasarán por encima de su cabeza; por eso hay que pisar fuerte y no resbalar. En una cárcel no se puede ser mas que un santo, un miserable o un misántropo. Vivir en una cárcel es hacerse para siempre enemigo del hombre.

Al principio, al entrar en el segundo patio se creía notar que todos los encerrados allí tenían una gran alegría: se cantaba, se jugaba, se vociferaba; pronto se podía ver que la alegría era ficticia y que por debajo de ella latía una sorda irritación.

Otra cosa se notaba, y es que no había nadie independiente; allí ninguno podía apartarse de la acción común. Ya el lenguaje era especial para la cárcel, mezcla de germanía y de caló. Jorge Borrow, el escritor inglés, me explicó varias veces cómo la germanía y el caló no son lo mismo, pues la germanía es una lengua figurada, como el argot francés, y, en cambio, el caló es un idioma.

Además de la comunidad de lengua, había en la cárcel la comunidad de la acción. Cuando se comía había que repartirse por cuadrillas; al hacerse la limpieza del patio, unos la hacían; otros, no; al jugar, unos tenían categoría para jugar; otros no podían ser mas que espectadores, y otros ni eso; para dormir existían también sus categorías. Había una disciplina cuya dirección se subastaba a cada paso, y se daba al más audaz y al más valiente. Cuando entré por primera vez en el segundo patio, me acompañaban Román y el padre Anselmo. A éste le dirigieron las más innobles chacotas:

—Oiga usted, pae cura. Me tiene usted que dar el modelo de esa sotanilla.

—La sotana es vieja—replicó el padre Anselmo—; pero los que no somos ricos no podemos llevarlas mejores.

—Bien dicho—afirmé yo.

—Oiga usté, pae cura—le preguntó otro de los presos—,¿cuántos hijos tiene usté en el pueblo?

—Yo no tengo hijos, porque soy cura—contestó él—; pero a todos mis feligreses los considero como si fuesen hijos míos.

El pobre hombre contestó varias veces con prontitud y con gracia, y llegó a hacerse respetar.