Habían visto sus huellas en la nieve; habían dejado leña en las chozas, y quesos y cecina sobre las ramas altas de los pinos para que no los cogieran los lobos.
Aviraneta y yo estábamos al lado del fuego, sentados en dos grandes sillones; él llevaba puesto un abrigo grueso y tenía sobre la espalda un mantón de su mujer. Escuchábamos la conversación de los pastores, oíamos el ladrido de los perros y, a veces, el chirrido de la lechuza.
De pronto, Aviraneta me dijo en voz baja:
—Relacionándola con aquella época de la Cárcel de Corte de que te hablaba ayer noche, recuerdo una historia bastante siniestra en la que figuró un tal Castelo y el policía Chico. Ya te la habré contado, ¿verdad?
—No.
—¿No te la he contado?
—No.
—Pues es raro.
—Cuéntela usted, don Eugenio—dijo el tío Chaparro, terciando en la conversación—; mandaré traer un poco de café con aguardiente, echaremos más leña al fuego y dejaré a los muchachos aquí a que le oigan a usted, porque mañana es domingo y se pueden levantar un poco más tarde que de costumbre.
Aviraneta hizo una señal de asentimiento. Se puso una cafetera grande en las brasas y se trajo una botella de licor.