—¿Así que no me guarda usted rencor?
—De ninguna manera.
—Luna y yo hablamos largamente del asunto de Miguel Rocaforte, y él me dió más detalles de lo ocurrido.
—Hace un par de semanas, próximamente—dijo—, el capitán de reemplazo don Mauricio Sánchez Castelo se presentó al inspector de policía del distrito del Centro, don Carlos de San Sernín, y le dijo: «Ayer, mi amigo el teniente Macías de Aragón, antes de tomar la diligencia para el Norte, me dejó cinco mil duros para que se los guardase hasta la vuelta de su viaje. Cogí la cartera con los billetes, la metí en el bolsillo del gabán y me fuí a la librería de Monnier. Allí, sin darme cuenta, me quité el gabán, porque hacía calor, y lo puse en el respaldo de una butaca. Al salir del gabinete de lectura me volví a poner el gabán, y al llevarme la mano al bolsillo del pecho noté que me faltaba la cartera». Castelo contó al jefe de policía que había vuelto inmediatamente al gabinete de lectura; que le había explicado al dueño lo ocurrido; que éste invitó a sus abonados a que se dejaran registrar, y que un joven se opuso con palabras y ademanes violentos.
—¿Quiénes estaban en la librería?—le pregunté al inspector Luna.
—Estaban un capitán de Caballería retirado, don Francisco García Chico, que ha pertenecido a la policía.
—Lo conozco. Era de la Isabelina. De ese no se puede sospechar.
—Estaba también un joven catalán desconocido, el profesor de inglés Brandon, un comisionista francés, Miguel Rocaforte y su principal. San Sernín tomó informes de todos. El librero, Monnier, dió buenos informes de Chico y de Brandon. Al joven catalán no le conocía; al comisionista francés, tampoco, y a Rocaforte y a su principal los tenía por personas honradas. Unos días después se ha sabido que el muchacho catalán es un joven rico y de buena conducta. Así que, por ahora, no hay mas que dos posibles ladrones: el comisionista francés, que no se sabe dónde anda, y Miguel Rocaforte, que indujo a sospechar porque se opuso terminantemente a que se le registrara.
—Pero, según su lógica, el comisionista francés debía de estar libre de sospechas porque se dejó registrar.