—¿Qué opinión tiene usted de este asunto, Aviraneta? Me interesa saberlo. Castelo es amigo mío y le debo algunos favores.

—Me parece—le dije yo—, que Rocaforte no tiene facha de ladrón. Es más, aseguraría que no es ladrón.

—¿Y por qué no se ha dejado registrar?

—No lo sé; pero me figuro que hay por debajo alguna cuestión de mujeres. Miguel estaba con su principal; el principal tiene una mujer guapa; Miguel, quizá la ha escrito; ella, quizá le ha contestado, y él podía no querer que los papeles que llevaba los viera su principal.

—Es una suposición...

—Lógica.

—Cierto. Es muy posible que sea esto. Me enteraré. ¿Y, entonces, usted supone más bien que el comisionista francés...?

—Mire usted, yo conozco a Castelo y a Macías. Los he tratado en Tampico y los he visto en compañía de Paula Mancha y de otros tramposos y jugadores de garito que abundaban en el ejército que desembarcó en las costas de Méjico con el general Barradas. Uno y otro me parecen capaces de toda clase de artimañas, y yo, tanto como la posibilidad de un robo, aceptaría la tesis de que haya habido entre los dos compadres una combinación inventada con algún fin que no conocemos.

Luna se calló.

—Me pone usted en un mar de confusiones—dijo después—. Verdaderamente es un poco extraño que un hombre a quien le han entregado cinco mil duros para que los guarde, en vez de ir a su casa y meterlos en un cajón, los lleve en el bolsillo del abrigo a un gabinete de lectura, se dedique a leer periódicos y deje el gabán con el dinero dentro sobre una butaca. ¡Cinco mil duros! Vale la pena de tener cuidado con ellos, y en estos tiempos.