El hijo del guerrillero miraba a don Eugenio como a un héroe, y más que como a un héroe, como a un sabio: le escuchaba religiosamente, mandaba que todo el mundo le obedeciese y le ponía un gran sillón de cuero al lado de la lumbre. De noche, en la cocina, solía haber gran reunión de cabreros y de zagales que, por sus indumentarias toscas, sus túnicas como dalmáticas y sus capotes de lana cruda con capucha, me parecían pastores de nacimiento. Aviraneta y yo solíamos tener largas charlas al lado del fuego, en las que recordábamos sucesos políticos, y nuestras conversaciones las escuchaban con gran curiosidad los pastores.
Aviraneta se entretenía escribiendo una relación de sus aventuras de guerrillero de la guerra de la Independencia, las que pensaba cándidamente ofrecer como ejemplo a los franceses, para que viesen la manera de rechazar la invasión alemana.
Yo, entonces, estaba leyendo por primera vez la Biblia, en la traducción de Cipriano de Valera, y hacía comentarios acerca de sus máximas y de sus reflexiones, y, a pesar de que soy un espíritu muy poco bíblico, me entretenía la lectura, aunque muchas veces me repugnaba.
Un día le dije a don Eugenio:
—No me ha contado usted nunca con detalles su vida en la Cárcel de Corte el año 1834.
—¿Qué voy a contar de allí? Era la mía una vida monótona y siempre igual. En la cárcel los días se parecen demasiado uno a otro. Se vive recordando lo que ha pasado y pensando en lo que se va a hacer al salir de la prisión.
—Cuénteme usted con detalles todo cuanto recuerde de la cárcel y de su vida en ella.
—No creo que sea muy interesante, pero te lo contaré.
Los datos que me dió Aviraneta de su estancia en la Cárcel de Corte no fueron ni muy nuevos ni de gran interés.
Si los menciono aquí es porque la Cárcel de Corte sirve de marco a las historias sangrientas que siguen después.