Manolo, el papelista, me contó cómo habían peleado él y sus amigos en la Cuesta de Santo Domingo con los cazadores, y luego en la calle de Jacometrezo. Manolo estaba muy satisfecho por haber tomado parte en estas jornadas.

Me solía traer papeles que se publicaban en la calle y números de El Murciélago, de La Mentira y de El Miliciano.

Seguía yo la marcha de la revolución por los periódicos y por las conversaciones.

A pesar de que el movimiento parecía completamente liberal, no lo era del todo. Había entre los impulsores de aquellas jornadas revolucionarias progresistas, demócratas, republicanos, militares de la Unión Liberal, moderados y hasta carlistas. Este origen mixto hacía que el movimiento tuviera un carácter turbio y su dirección fuera confusa y mal definida.

Cuando creí que la violencia revolucionaria había ya pasado salí de la guardilla de la lavandera para visitar a algunos amigos que estaban, como yo, considerados como sospechosos, para ver qué es lo que habían hecho y tomar una orientación.

Sabía que se cacheaba y se identificaba a la gente en la calle.

Me acerqué al centro entre la gente huyendo de los barullos: fuí por la Concepción Jerónima, calle de Atocha y plaza de Santa Ana a la calle del Prado, a ver al dueño de una casa de la calle del Lobo, donde había vivido. En la desembocadura de esta calle con la del Prado había una barricada defendida por toreros, casi todos de la cuadrilla de Cúchares.

Intenté entrar por la calle de la Visitación, pero estaba también cortada.

Volví a la plaza de Santa Ana y seguí por la calle del Príncipe.