Iba por la calle de Sevilla a la de Alcalá cuando me encontré detenido en la esquina por una barricada alta formada por carros, muebles, tablones y adoquines. Estaba la barricada vigilada por un grupo de paisanos armados, entre los que abundaban tipos de torero con traje corto y calañés y mozos de café de los cafés próximos.
El volverme de repente hubiera parecido sospechoso; me reuní al grupo de los paisanos, repartí unos cuantos cigarros puros, y a un hombre andrajoso, con un morrión en la cabeza greñuda, que estaba sentado sobre unas piedras con un gran trabuco, le pregunté:
—Oiga usted, compadre, ¿quién manda esta barricada?
—Un brigadier que vive en esa casa—y me señaló una de la calle de Sevilla, esquina a la de Alcalá.
—¿Cómo se llama ese brigadier?
—No sé. ¡Eh, tú, Charpa! ¿Cómo se llama ese brigadier que viene aquí vestido de uniforme?
—No ze—dijo el aludido, que tenía aire de picador—; quizá lo zepa Currito o el Lebrijano.
—Ese brigadier se llama don Mauricio Castelo—dijo Currito, que era un chulo con aire de monosabio.
—¡Hombre! ¡Castelo! Lo conozco. Es muy amigo mío. Voy a verle.