Yo, cuando escribí LA DAMA ERRANTE, no conocía a Soledad Villafranca; la conocí después, en París, en casa de un profesor, donde estuve convidado a cenar. Como ella es de Pamplona y yo me eduqué también allí, hablamos largo rato, y en el curso de la conversación me dijo que había leído LA DAMA ERRANTE. Como es lógico, no había encontrado ninguna alusión a ella en el libro, y, en cambio, sí había creído ver la contrafigura de Ferrer.
Los demás tipos de la novela fueron también tomados del natural, y el viaje por la Vera de Plasencia lo hicimos mi hermano y yo y un amigo, llevando en un burro provisiones y una tienda de campaña.
Los ventorros y paradores del camino son, poco más o menos, como los descritos por mí, con los mismos nombres y la misma clase de gente. El Musiú, el Ninchi y el Grillo es posible que anden todavía por esas aldeas, siguiendo su vida de trotar caminos y engañar a los bobos.
Probablemente, un libro como LA DAMA ERRANTE no tiene condiciones para vivir mucho tiempo; no es un cuadro con pretensiones de museo, sino una tela impresionista; es quizá, como obra, demasiado áspera, dura, poco serenada...
Este carácter efímero de mi obra no me disgusta. Somos los hombres del día gentes enamoradas del momento que pasa, de lo fugaz, de lo transitorio, y la perdurabilidad o no de nuestra obra nos preocupa poco, tan poco, que casi no nos preocupa nada.
pío BAROJA
Madrid, marzo, 1916.