Mateo Morral, el autor del atentado, solía ir a un café de la calle de Alcalá donde nos reuníamos varios escritores. Le solían acompañar un periodista, un empleado del tranvía, llamado Ibarra, que luego estuvo preso después del crimen, y un polaco, viajante o corredor de un producto farmacéutico.

Este polaco e Ibarra recuerdo que tuvieron una noche un serio altercado con un pintor que dijo que los anarquistas dejaban de serlo cuando tenían cinco duros.

Yo no creo que hablé nunca con Morral. El hombre era obscuro y silencioso; formaba parte del corro de oyentes que, todavía hace años, tenían las mesas de los cafés donde charlaban los literatos.

El tipo de Nilo Brull, que aparece en LA DAMA ERRANTE, no es la contrafigura de Morral, a quien no traté; este Brull es como la síntesis de los anarquistas que vinieron desde Barcelona, después del proceso de Montjuich, a Madrid, y que tenían un carácter algo parecido de soberbia, de rebeldía y de amargura.

Después de cometido el atentado y encontrado a Morral muerto cerca de Torrejón de Ardoz, quise ir al hospital del Buen Suceso a ver su cadáver; pero no me dejaron pasar.

En cambio, mi hermano Ricardo pasó e hizo un dibujo y luego un aguafuerte del anarquista en la cripta del Buen Suceso.

Mi hermano se había acercado al médico militar que estaba de guardia a solicitar el paso, y le vió leyendo una novela mía, también de anarquistas, Aurora roja. Hablaron los dos con este motivo, y el médico le acompañó a ver a Mateo Morral, muerto.

La angustia del doctor Aracil, paseando por las calles de Madrid, está inspirada en mi novela en la de los conocidos del terrorista, que anduvieron escondiéndose aquella noche.

Lo demás del libro, casi todo está hecho a base de realidad. La mayoría de los personajes son también reales. El doctor Aracil, aunque desfigurado por mí, vive; el que me sirvió de modelo para pintar a Iturrioz, murió; María Aracil pasea por las mañanas por la calle de Alcalá. Algunos supusieron, no sé por qué, que en María Aracil había querido yo pintar a Soledad Villafranca, la amiga de Ferrer, cosa absurda, que no tiene apariencia de verdad.