Se explica de una manera sencilla. Yo había oído hablar, antes de escribir mi libro, a algunos literatos de La Intrusa, de su argumento, de sus escenas. Sin duda, sin saberlo, me apropié la impresión reflejada en un español por el drama del autor belga, y la consideré mía; pero yo estoy seguro que el que comparase las dos obras minuciosamente, no encontraría una frase, una fórmula, nada parecido que indicara que yo haya seguido en el pensamiento a Maeterlink; porque no lo conocía, ni después me ha interesado. Es el ambiente, muchas veces, el que da semejanza a dos obras.
Si yo hubiera escrito esta misma novela: La Casa de Aizgorri, después de la Electra, de Pérez Galdós; si hubiera escrito La Busca, después de La Horda, de Blasco Ibáñez, y Paradox, rey, después de La Isla de las Pingüiños, de Anatole France, me hubieran acusado de imitador, porque hay mucha semejanza entre estas obras y las mías, y, probablemente, más que entre La Casa de Aizgorri y La Intrusa; pero las escribí antes. Sin embargo, no se me ocurrió decir que esos autores me habían imitado, sino que habían coincidido conmigo y habían coincidido con más éxito, pues las tres obras de esos autores fueron aplaudidas y las mías quedaron en la estacada.
Dejando esta cuestión, puramente literaria, seguiré con el autoanálisis, para mí más interesante. He dicho que soy antitradicionalista y enemigo del pasado, y, efectivamente, lo soy, porque todos los pasados, y en particular el español, que es el que más me preocupa, no me parecen espléndidos, sino negros, sombríos, poco humanos.
Yo no me explico, y probablemente no comprendo, el mérito de los escritores españoles del siglo xvii; tampoco comprendo el encanto de los clásicos franceses, excepción hecha de Moliére.
De esta antipatía por el pasado, complicada con mi falta de sentido idiomático—por ser vasco y no haber hablado mis ascendientes ni yo castellano—, precede la repugnancia que me inspiran las galas retóricas, que me parecen adornos de cementerio, cosas rancias, que huelen a muerto. Este conjunto de particularidades instintivas: la turbulencia, la aspiración ética, el dinamismo, el ansia de posesión de las cosas y de las ideas, el fervor por la acción, el odio por lo inerte y el entusiasmo por el porvenir, forman la base de mi temperamento literario, si es que se puede llamar literario a un temperamento así que, sobre un fondo de energía, sería más de agitador que de otra cosa.
Yo no considero estas condiciones sean excelentes, ni que con ellas se hagan obras maestras, sino que son, al menos a mí me parece que son.
Dados estos antecedentes, es muy lógico que un hombre que sienta así tenga que tomar sus asuntos, no de la Biblia, ni de los romanceros, ni de las leyendas, sino de los sucesos del día, de lo que ve, de lo que oye, de lo que dicen los periódicos. El que lea mis libros y esté enterado de la vida española actual, notará que casi todos los acontecimientos importantes de hace quince o veinte años a esta parte aparecen en mis novelas.
Esto las da un carácter de cosa política y momentánea muy alejado del aire solemne de las obras serias de la literatura. En el fondo, yo soy un impresionista.
La dama errante está inspirada en el atentado de la calle Mayor, contra los reyes de España. Este atentado produjo una enorme sensación. En mí la hizo grande, porque conocía a varios de los que intervieron en él.