Vino ésta, una mujer de hermosos ojos, con una gargantilla de corales en el cuello descubierto, y preparó de cenar a los viajeros.

Después de comer estaban charlando a la luz de un candil, cuando arribaron unos cuantos leñadores de los pinares. Sin duda no tenían mucho que hacer ni con qué entretenerse, y el Grillo, que sabía muchas malicias de posada, apostó a uno de los leñadores a que no comía cinco bizcochos sin beber nada, mientras él contaba ciento. El leñador, que era un mozo alto y fuerte, dijo que no tenía dinero para apostar, pero que tenía la seguridad de comérselos. Otro de los leñadores apostó un real por su compañero, y se hizo la prueba; pero el mozo alto no pudo con los cinco bizcochos, y cuando el Grillo contaba los cien, no había podido tragarlos. El que había apostado dinero pagó a regañadientes, y el que hizo la prueba bebió un vaso de agua y se sentó al fuego, tan satisfecho.

—Esto me recuerda—dijo el Grillo—un cuento viejo.

—Cuéntelo usted—dijeron los leñadores.

—Pues era un estudiantón de los antiguos—comenzó diciendo el Grillo—que andaba con la tuna de pueblo en pueblo. Un día se encontró en Madrid muerto de hambre y con un dolor de muelas de padre y muy señor mío. El hombre tenía una peseta en el bolsillo y no sabía qué hacer, porque decía: «Si voy a casa de un barbero y me quito la muela, voy a tener un hambre de perro; y si como y no me quito la muela, se me va a hacer el dolor más rabioso». En esta alternativa, ¿sabéis lo que hizo?

—Yo hubiera comido—dijeron la mayoría de los leñadores.

—Yo me hubiera puesto un emplasto—añadió otro.

—Pues a él se le ocurrió una cosa mejor—repuso el Grillo—; verdad que era de la piel del diablo. Fué a una pastelería en donde había mucha gente, y, delante del escaparate, comenzó a gritar: «¡Me comería cien! ¡Me comería doscientos!» Unos soldados que le oyeron le dijeron: «¿A que no?» «¿A que sí?» «¿Cuánto apostamos?» Si pierdo, que me quiten esta muela, pero sólo ésta». «Bueno, vamos». Entraron en la pastelería, y el estudiante a comer y los soldados a pagar; a la docena ya no pudo más y se dió por vencido. Le llevaron los soldados a la barbería, y el barbero le arrancó la muela. Al salir, todo el mundo, de chunga, había formado un corro a su alrededor, y le señalaba y se descalzaba de risa, y decía: «Mirad a este estudiante, que por perder una apuesta se ha dejado quitar una muela». Y el estudiante contestó: «Sí; pero era una muela que me dolía hace un mes». Lo mismo digo yo—añadió el Grillo—del que ha perdido esta apuesta. Ha perdido, pero se ha comido los bizcochos y no ha pagado nada.

Rieron el cuento los leñadores, y el mismo aludido celebró la alusión; luego el Grillo sacó su caja de música y comenzó a darle al manubrio, y tocó dos o tres valses incompletos y una canción francesa, vieja y romántica, de Les dragons de Villars.