Llegaron a Arenas de San Pedro, y Aracil y María, aun a riesgo de caerse, cruzaron el pueblo al trote, siguieron por cerca del castillo y pasaron el puente, desde donde se veía un riachuelo formado por muchos hilos de agua, que corrían por un cauce ancho, formado por piedras, casi todas ocultas por ropas blancas puestas a secar, que deslumbraban al sol.

Preguntaron a una lavandera por el camino de Guisando, y ya al paso se dirigieron a este pueblo por entre grandes pinares.

Se encontraron en el camino, cerca de un taller en donde trabajan varios leñadores, con un ciego y un muchacho, que iban con un carrito pequeño, tirado por un burro. El carrito, pintarrajeado y cerrado, tenía en la parte de atrás ocho o diez agujeros, tapados con redondeles de cobre, y encima de ellos ponía escrito: «Panorama Universal».

El viejo vestía una anguarina amarillenta, sombrero cónico y grandes antiparras; llevaba un rollo de tela en la mano y una caja a la espalda; el muchacho blandía una pértiga, larga como una lanza.

Les preguntó Aracil qué oficio tenían, y el ciego dijo que andaban de pueblo en pueblo con las vistas. Además, llevaban un cartelón que representaba distintas escenas del crimen de Don Benito, desde el asesinato de la víctima hasta la ejecución de los dos criminales en el patíbulo.

El cartelón y una caja de música, con cuyas notas amenizaba sus discursos, le servían para atraer a la gente.

El ciego quiso mostrar las excelencias de su declamación, y comenzó a recitar, de una manera enfática y con una voz aguda, un romance, en el cual se explicaba el crimen de Don Benito con todos sus horrores. El ciego se llamaba el Grillo, mote muy natural, dada su voz chillona y agria.

Tenía el hombre buena memoria; recordaba otros romances de crímenes célebres, y, por último, haciendo memoria, recitó los romances del guapo Francisco Esteban y Diego Corrientes, y con estas pintorescas narraciones de bandidos, puñaladas, trastazos, endechas de mártires y confesiones de verdugos, llegaron a la vista de Guisando.

Desde lejos, el pueblo era bonito, con sus tejados rojos y su aspecto de aldea suiza; pero por dentro no tenía nada que celebrar: las calles estaban llenas de barro, los carros andaban entre la gente.

Preguntaron por una posada y les indicaron una casucha pobre, y el ciego, el lazarillo, Aracil y su hija entraron en ella hasta la cocina. Había allí un viejo flaco, envuelto en una capa y devorado por las intermitentes, que les dijo, con una voz débil, que esperaran a que viniera su hija.