Todos los que vivían en el parador, viejos, jóvenes y niños, estaban escuálidos y amarillos por las intermitentes. En un patio de la casa crecían unos cuantos eucaliptos desgajados y torcidos, con las ramas rotas.
Al salir del parador les fué forzoso detenerse al doctor y a su hija, porque en aquel momento cruzaban el camino compactas manadas de toros, que algunos vaqueros, montados a caballo, obligaban a pasar un barranquillo, en cuyo fondo corría un arroyo.
Esperaba también junto a María y su padre un joven elegante y melancólico, montado en un caballo negro. Este joven dijo que aquellas toradas iban de Extremadura a las tierras altas, y que habrían pasado el Tajo, probablemente por Almaraz.
No quisieron Aracil ni su hija entrar en conversación con el desconocido, y cuando acabó el paso de los toros y quedó libre el camino, siguieron de nuevo su marcha.
Al poco rato apareció el joven montado en su caballo negro. Tras él iba un mastín blanco, con el hocico afilado y las orejas caídas. Aquel joven melancólico, vestido de obscuro, parecía el Caballero de la Muerte, grabado por el gran Durero.
Saludó el joven al pasar, y se adelantó en el caballo; luego volvió a rezagarse, sin duda para contemplar de nuevo a los viajeros.
—¿Quién será este tipo?—dijo Aracil—¿No será un espía?
—¡Ca!—contestó su hija—. Algún curioso.
—Entre curioso y enamorado.
—Es posible.