Aracil fué a darle la noticia al enfermo, y éste, sostenido por su mujer, se encaminó, despacio, a la casa del peón caminero. Después, el doctor le dió tres duros a la mujer, e inmediatamente Aracil y su hija montaron a caballo y siguieron adelante.

En esto vieron una piedra del término de una dehesa, en la que ponía:

«Propiedad de la Excma. Sra. Duquesa de Córdoba».

Aracil se descubrió al leer la inscripción, y exclamó, en tono de burla:

—¡Oh sagrada propiedad! Yo te saludo. Gracias a ti, los españoles que no emigran se mueren de hambre y de fiebre en los caminos.

María no dijo nada. Al anochecer llegaron a Lanzahita y comieron y durmieron en la posada.


XIX.
LAS APUESTAS DEL «GRILLO»

Se detuvieron a comer en un parador, que se llamaba de los Patriarcas Grandes, cerca de un poblado, de nombre Ramacastaños.