La mujer preguntó al marido:
—¿Podrás ir a la venta?
—No, no—murmuró el enfermo—; dejadme morir aquí.
—Voy a avisarle a ese peón que hemos visto—advirtió Aracil a su hija.
Retrocedió unos cien pasos, y encarándose con el peón caminero, le dijo:
—Oiga usted, amigo: hay ahí un hombre que se está muriendo en la carretera; ¿no le podría usted hospedar?
—¡Hombre, yo no estoy autorizado para eso!—contestó el peón—. Además, mire usted: mi mujer está de parto y acaba de dar a luz una niña.
—Pues ese hombre no se puede quedar así. Le advierto a usted que tiene unos cuartos. Aunque fuera, si tuviese usted un cobertizo donde meterle...
Reflexionó el peón y aceptó.