—Este hombre—contestó la vieja—es mi marido y está enfermo, y ahora le ha dado la calentura.
Bajó Aracil del caballo y, sin acordarse de su situación, reconoció al enfermo.
—Este hombre está muy mal, pero muy mal—dijo a la vieja, que se encogió de hombros.
—Pero, ¿cómo se han puesto ustedes en camino encontrándose su marido así?—preguntó María.
—Ya ve usted—exclamó la mujer—. Miserias de los pobres. Ya no podíamos estar en el pueblo; debíamos la casa y nos han despachado, y como éste lleva tanto tiempo enfermo y no gana, pues nos salimos al camino.
—Y ¿qué es su marido de usted?
—¿Qué quiere usted que sea? Peón. Ha trabajado en la finca de la duquesa hasta que se ha puesto malo, y ahora, cada día está peor. Ahí, en la Venta de la Cruz, hemos querido parar, pero como no llevábamos dinero...
—Y ¿dónde está la Venta de la Cruz?—preguntó el doctor.
—A un cuarto de hora de aquí.
—¿No podrá ir su marido hasta allá? Ya le pagaremos la posada.