A María le chocó ver que su padre no protestaba, y cuando estuvieron solos se lo hizo notar.

—Ya parece que tú y yo nos vamos acostumbrando a estas cosas.

—¡Psch!

—El viajar así yo creo que nos entontece un poco, ¿verdad?—preguntó María.

—Es natural—dijo, reflexionando, el doctor—. De espectadores nos hemos convertido en actores. El pensamiento paraliza la acción, como la acción achica el pensamiento. Andamos mucho, vemos muchas cosas, pensamos poco.

—Sin embargo, el hombre completo debía pensar y hacer al mismo tiempo.

—¡Ah, claro! Ese es el máximo. Pensar grandes cosas y hacerlas. Eso era César.

Iban entretenidos charlando, cuando vieron a un lado de la carretera a un hombre escuálido y casi desnudo, apoyado en un montón de piedras, envuelto en una manta llena de agujeros y con un pañuelo en la cabeza. Al lado del hombre, una mujer, vieja y haraposa, le contemplaba impasible.

—¿Qué le pasa a este hombre?—dijo Aracil, haciendo parar su caballo.