No durmieron bien ni Aracil ni María, porque había en el pueblo un sereno con una poderosa voz de barítono, que delante de la casa cantaba la hora, con unos calderones y florituras de vieja zarzuela española, capaces de despertar a una piedra.
Al amanecer, la luz, que se filtraba por las rendijas del pajar, contribuyó a tenerles despiertos, y un hombre se encargó de molestarles, gritando:
—¡Arrieritos! Que está amaneciendo.
Pudieron dormir un rato por la madrugada. Al despertar, la claridad del día entraba por el ventanucho del granero, como una ancha barra de oro, iluminando al aire, lleno de partículas, y las telarañas del techo.
Bajaron del pajar, se despidieron de la Gila, que se preparaba para la faena, o mejor dicho, para la función del día, y salieron del pueblo.
XVIII.
LA SAGRADA PROPIEDAD
Iban marchando por delante de una aldea, llamada Mijares, cuando se unió a ellos una pareja de la Guardia civil. Temblaron al principio el doctor y su hija, pero se tranquilizaron pronto, porque los guardias civiles no les preguntaron nada.
Cruzaron a la vista de dos pueblos: Gavilanes y Pedro Bernardo; en este último quedaron los guardias civiles, y Aracil y María tomaron por una carretera recién construída y desierta. Preguntaron a un peón caminero cómo se hallaba aquel camino tan poco frecuentado, y el hombre, sonriendo con cierta socarronería, dijo que habían tirado aquel cordel para favorecer la finca de una rica propietaria, y que por allí no se levantaba ningún poblado que pudiera aprovechar la carretera.