De noche se presentó una muchacha muy linda, y besó la mano de todos los que estaban allí. María preguntó a la Gila qué significaba aquello, y la ventera explicó que su hija había ido a confesarse, y el cura, sin duda, le puso como penitencia que besara la mano a todos los que se encontraran en la casa al llegar a ella.

Luego vino el posadero, un palurdo que vivía, sin duda, bajo el dominio de su mujer, y porque se permitió discutir y porfiar con ella, la Gila le mandó a paseo con malos modos, y después, mientras fregaba unos platos, cantó con sorna:

En el cielo manda Dios;

en el lugar, el alcalde;

en la iglesia, el señor cura;

y a mí no me manda nadie.

—¡Qué mujer más bestial!—dijo Aracil con enfado.

—Pues esto es anarquismo puro—replicó María en voz baja y riendo.

La Gila se dedicó a deslumbrar a sus huéspedes con toda clase de desplantes; aquella reina de fregadero estaba más para una representación de lunes de moda del Español que para la cocina de un humilde ventorro de aldea.

Al retirarse, la Gila, como favor especial, permitió al doctor y a su hija el ir a acostarse en el pajar, que estaba en lo más alto de la casa, pues los demás huéspedes se tendían en el zaguán.