En una barraca de un cinematógrafo tocaba el Ninchi a la puerta. No le conocieron María ni el doctor, pero él se encargó de llamarles, y les recomendó una posada, donde comieron opíparamente.

Dijo Aracil al posadero que era guarda de la Casa de Campo, en Madrid, y que iba a Arenas de San Pedro. Hablaron entonces de la caza y de las cabras monteses de la sierra de Gredos, y el posadero explicó que en la parte más alta, en la Peña de Almanzor, existía una laguna misteriosa y sin fondo, en cuyas aguas moraban unos animales tan terribles, que si caía un buey lo devoraban inmediatamente y no dejaban de él mas que los bofes, que sobrenadaban en la superficie del lago.

María pensó en su primo Venancio, en aquel sonriente destructor de leyendas, que se había bañado en la laguna de Gredos y buceado en sus aguas, sin pescar ni el terrible monstruo, ni la más modesta ondina, ni aun siquiera un ligero catarro.

Estuvieron Aracil y María, por la tarde, en una sesión del cinematógrafo del Ninchi, y poco después salieron de La Adrada. Al cruzar por una aldea, llamada Piedralabes, encontraron dos mujeres y un hombre que iban por el camino. El hombre era un tipo flaco, amojamado, de gorrilla, gabán viejo, con el cuello subido, y una guitarra a la espalda. Las mujeres iban vestidas de claro; una era chata, fea, de colmillo retorcido; la otra era una niña, pálida y anémica.

Les extrañó al doctor y a su hija estos tipos, y se quedaron, al pasar, mirándolos con curiosidad.

El hombre de la guitarra les saludó y comenzó a seguirles y a contar sus cuitas. Dijo que él y las dos mujeres habían ido a La Adrada contratados para bailar en un cinematógrafo; él era tocador de guitarra y ellas bailarinas, y por una tontería no quisieron aceptarlos; habían salido a pie y sin una perra y estaban reventados de andar. Tenían los pobres un aspecto desdichado. Mientras hablaba el hombre, la chata gruñía y la jovencita anémica, a la que le quedaban manchas de colorete en la cara, pálida y azulada, se quejaba al andar. Llevaba, según dijo, zapatos de tacón alto, los mismos que les servían para bailar, y le hacían mucho daño. El de la guitarra preguntó al doctor si no les podría dar alguna cosilla para comer. Con una peseta les bastaba. Aracil se la dió y, dejando en el camino a los infortunados histriones, llegaron María y su padre, ya de noche, a Casa Vieja, y entraron en una posada.

Pasaron por un corredor muy largo hasta la cocina, en donde dos mujeres charlaban sentadas al borde del fogón; saludó Aracil, no contestó ninguna de ellas; preguntó si había posada, respondieron, displicentes, las mujeres, y el doctor, olvidándose de su situación, dijo que hicieran mejor en tener un poco de cortesía con los viajeros.

La huéspeda, que oyó esto, se irguió del borde del fogón en donde se hallaba sentada y, con muy malos modos, dijo a Aracil que se fuera, que ella era reina en su casa y que no necesitaba de nadie para vivir.

Terció María con gran suavidad y logró amansar a la ventera y convencerla de que les dejara allí y de que, además, les preparase qué cenar.

La huéspeda pasó pronto del enfado a la simpatía; se dispuso a hacerles una modesta cena, y, mientras cocinaba, habló de sus padres y de su marido; contó su historia y dijo que se llamaba la Gila. Puso luego una mesa pequeña y coja y sirvió a sus huéspedes la cena, que consistía en unas sopas, adornadas con una capa de pimentón de un centímetro o más de espesor, y un guisado de cerdo con su correspondiente manta roja.