En lo alto de la cuesta vieron las mojoneras de la provincia de Ávila. Se cruzaron en el camino con una porción de carros, algunos llenos de chicas vestidas de fiesta, que iban a la feria de La Adrada.

Pasaron por Sotillo, dieron de comer y beber a los caballos y siguieron el camino con los que iban a la feria. En esto, en una revuelta, se toparon con una tropa de gitanos que regresaba del mercado, con sus mujeres y sus chicos. Iban las mujeres de dos en dos, en mulos escuálidos y en borricos flacos y extenuados, llenos de alifafes y esparavanes; algunos chiquillos sacaban la cabeza de entre las albardas, y los hombres, a pie, marchaban ligeros y jaquetones.

Un viejo de patillas, con una gran vara, se acercó al doctor y le propuso comprarle la yegua; Aracil le dijo que no. Entonces le preguntó si quería cambiarla, y un gitano joven y marchoso vino en ayuda del viejo; hizo nuevas proposiciones, que fueron rechazadas, y decididos el viejo y el joven, de mal ceño y requiriendo la compañía y ayuda de otros dos cañís con la mirada, tomaron un aire amenazador, y uno de ellos advirtió:

—Vaya, apéense y dejen las caballerías, que es lo mejor para ustedes, que si no va a haber aquí la de Dios es Cristo.

Quedó Aracil parado al oír la amenaza, y María, que creyó que el peligro no era serio, enarboló su vara y al mozo que se le acercaba a sujetarle por las piernas le soltó un varazo en la cara. Varios de los gitanos echaron mano a las tijeras que llevaban en la faja, y no hubiera sido fácil saber lo que hubiese pasado a no presentarse en aquel momento un carro lleno de muchachas que se dirigía hacia la feria.

Al verlo, los gitanos cambiaron de actitud; hombres y mujeres pidieron una limosnita para los churumbeles, y el doctor sacó unas cuantas monedas de cobre y las tiró al suelo, con lo cual quedó desembarazado el camino y pudieron, Aracil y su hija, seguir adelante.


XVII.
LA «GILA»

Se acercaron al lugar donde se celebraba la feria, entre jinetes, carros y ganado, que llevaban a vender. Al entrar en el pueblo se oía un murmullo de colmena, y rasgaba el aire, de cuando en cuando, el sonido de una corneta. En las calles, el barro alcanzaba más de un palmo. En la plaza había puestos de hierro, de alforjas y de mantas, de sombreros de Pedro Bernardo, de pañuelos, telas y bayetas de abigarrados y vivísimos colores, desconocidos en el mundo de la civilización.