El plato de la cosa negra, que no quisieron comer Aracil y su hija, la vieja lo retiró y lo guardó en un armario, con gran aflicción de todos los individuos de la familia.
Luego, la vieja, con sus tres hijas vestidas de negro, dos ya mayores, y una muchachita, todas a cual más héticas y tristes, se sentaron al fuego; se les reunió después el mozo flaco y espiritado, y se pusieron a rezar el rosario. Estaban todos mustios, callados y cabizbajos. De cuando en cuando bostezaban de hambre y se persignaban sobre la boca abierta, y la vieja, tras de bostezar, suspiraba y decía:
—¡Ay, Señor, qué pena de vida! ¡Para cuatro días que ha de vivir una en este mundo! ¡Ay, qué mundo más desengañado y más triste, que todo son lágrimas, enfermedades y dolor! ¡Ay, qué inútil es trabajar y cuánto más valiera haber ya muerto!
La vieja, después de una retahíla de éstas, miraba a sus huéspedes, como pidiéndoles colaboración en su idea desacreditadora del mundo. El doctor estaba entristecido y malhumorado; María se asombraba de ver tanta pobreza.
Después de rezar, toda la familia de escuálidos desapareció, y la vieja, gimoteando, vino con un jergón, que tendió en la cocina, delante de la lumbre, y mal que bien se arreglaron para dormir allí Aracil y su hija.
Por la mañana, al amanecer, el doctor aparejó los caballos, pagó al mozo lo que le pidió, y al apuntar el alba los dos fugitivos salieron de la venta triste.
—¡Qué horror! ¡Que casa!—exclamó Aracil—. Ahora respiro—murmuró, al encontrarse en la carretera.
—Y estos pobres caballos no han comido nada desde ayer—dijo María.
—Veremos si hoy tienen más suerte.
Siguieron por la carretera, y unas horas después comenzaron a subir una escarpa del monte. El cielo estaba nublado; el sol, perezoso, hacía alguna que otra salida lánguida; la tierra blanqueaba, húmeda de rocío.