Celebraron padre e hija la indicación, e iban de prisa, aguantando la lluvia, cuando vieron una casa medio derrumbada, oculta entre unos chaparros, cuya chimenea arrojaba al aire un vaho débil de humo. El campo que a la casa rodeaba era yermo y adusto; sólo un ermitaño o un asceta hubiera podido escoger aquel páramo para vivir en él.

Llamaron en la casa, y Aracil preguntó si les podían dar hospedaje y comida. Una vieja de negro, escuálida y amarillenta, hizo un gesto de resignación, indicándoles que pasaran, y un mozo flaco y espiritado, tomó de las riendas las caballerías y las llevó a la cuadra.

Pidió Aracil algo con qué matar el hambre, y no había mas que pan seco; encargó al mozo que echara un pienso a las caballerías, y el mozo dijo que les daría hierba, a ver si querían comer, pues no había paja ni cebada. Aquella venta era la Venta del Hambre. Aracil y María entraron en la cuadra y vieron que los pesebres estaban limpios. Sacaron los caballos al campo, y al anochecer se les volvió a llevar a la cuadra.

Estuvieron padre e hija aburridos, paseando arriba y abajo por la cocina. En un cuarto próximo, que tenía los honores de sala, había un espejo envuelto en una gasa azul, llena de moscas muertas, y dos viejas litografías, una de Malek Adel, el héroe de madama Cottin, llevando a caballo a su dama, y la otra de Poniatowski, en el momento de meterse a caballo en el río.

—Es raro—dijo María—que hayan llegado estas cosas a rincones tan apartados.

—Sí, es raro.

—Y lo moderno, en cambio, no llega—añadió ella.

—Eso no es chocante—repuso Aracil—. Hoy la vida es industrial, y el mundo civilizado, en vez de enviar a las aldeas litografías de un héroe verdadero o falso, envía una máquina de coser.

Charlaron padre e hija de una porción de cosas. Pidieron de comer varias veces, y después de rogada mucho, el ama hizo unas sopas de ajo para los huéspedes, y les trajo una cosa negra y fría, que parecía hígado, y una jarra de vino. Aracil notó que no había gato ni perro en la casa.