Después de comer, el ventero brindó con el pajar a María y al doctor, y él, con los guardianes de los pinos, se dedicó a jugar a la brisca y a seguir hablando de toros.
María y Aracil se tendieron en el pajar. Había ratas allí y se las oía correr por el suelo. María, asustada, temía que algún animal de aquellos le mordiera. Desvelada con tal preocupación, estuvo con los ojos abiertos, pensando en las mil peripecias que todavía les reservaría el viaje, y después de cavilar mucho se quedó dormida.
XVI.
LA VENTA DEL HAMBRE
Por la mañana, con un día obscuro y nublado, salieron del ventorro. Cruzaron una aldea llamada Pelayos, pasaron por San Martín de Valdeiglesias, y a la salida de este pueblo comenzó a llover.
Se les reunió en la carretera un viejo campesino, que iba con un burro cargado con dos sacos de trigo. Tenía este viejo la cara llena de grietas, que parecían surcadas en madera, y hablaba en un castellano arcaico, empleando unos giros desusados y unas palabras extrañas. Aracil y María se entretuvieron en hacerle preguntas y ver cómo las contestaba.
A la hora de salir de San Martín, el viejo se desvió para tomar el atajo de un molino.
—¿No hay por aquí una venta?—le dijo Aracil.
—Sí; ahí mediata la tienen—contestó el viejo—; si toman por el atajillo, más aína la encontrarán.