Bajaron despacio la cuesta, que trazaba varias curvas en espiral, hasta llegar, ya caída la tarde, a un ventorro largo y estrecho, construído con piedras gruesas, que se levantaba junto a un arroyo. El ventorro se llamaba de San Juan de los Pastores.

Dejaron Aracil y su hija los caballos, y se metieron en la cocina, al lado del fuego, que despedía un humazo que impregnaba las ropas y hacía llorar. Un zagal, con los pies desnudos, renovó unas rajuelas de tea que ardían en una hornacina labrada en la pared, de piedra, y la luz se extendió más fuerte por la negra cocina.

Se habían acogido en el ventorro unos cuantos pastores trashumantes, y María y Aracil los estuvieron contemplando. Uno de ellos era un tipo flaco, aguileño, con aire triste de antiguo siervo. Venía de Extremadura con su rebaño, y marchaba a Castilla.

Llevaba como zagal a su hijo, un chiquillo enfermizo, rubio y delgado, con un tipo de príncipe. Éstos dos pastores melancólicos, los dos montañeses, con sus ojos azules claros y su porte soñador, aristocrático, se distinguían en medio de los otros, plebe de la llanura, de nariz chata y pómulos salientes.

Entrada la noche, se presentó el ventero con cuatro guardianes de los pinares. El ventero era de Torrelodones, alto, jaquetón, de bigote negro. Le llamaban el Mellado; hablaba en un tono muy chusco, entre desdeñoso y agresivo, y decía a cada paso: «¡Mardita sea la pena!» El Mellado era hablador, y dijo que había sido amigo de Frascuelo, por lo cual ya creía que entendía más de toros que nadie. Los guardianes también tenían su opinión en cuestiones de tauromaquia, y hubo entre ellos y el Mellado una larguísima discusión acerca de todos los maletas y novilleros de Madrid; se hicieron cábalas acerca del porvenir de estos futuros toreadores, y María tuvo el gusto de oír por primera vez el nombre del Polaca, del Mondonguito, del Guaja Chico, del Patata y de otra porción de superhombres desconocidos para ella.

Por si uno de estos era mejor que otro se entabló una agria discusión entre el Mellado y uno de los guardianes, y éste se permitió decir al ventero que era un blanco.

—A mí no me dice eso nadie—gritó el Mellado, con tono trágico—, porque por menos que eso mato yo a un hombre.

—¡Qué has de matar tú! ¡Boceras!—saltó la mujer—. Anda, que hay que ver si se encuentra sitio para el rebaño de estos pastores.

El Mellado no debía ser tan fiero como quería dar a entender, pues, dejando la discusión, salió de la cocina con el farol, y volvió al poco rato.