—¿Qué pueblo es éste?—preguntó Aracil a un zagalillo, que volvía con unas cabras.

—Chapinería.

Llegaron a la posada y entraron en la cocina. La ventera, una mujer gorda, embarazada, de mal genio, hablaba con una comadre, sin mirarle a la cara. Aracil y su hija se secaron a la lumbre y pidieron de comer. La posadera, con muy mal gesto, les hizo la comida, consistente en un guisado de patatas, y comieron al mismo tiempo que un zapatero remendón y vagabundo, que andaba de pueblo en pueblo echando medias suelas.

En esto entró en la cocina un hombre charlatán y sabihondo, algún notable del pueblo, y, a las primeras de cambio, dijo con orgullo que era masón y socialista. El hombre, curioso como un diablo, después de interrogar al zapatero, quiso seguir su interrogatorio con Aracil, pero éste le contestó secamente que era guarda de la Casa de Campo, y que iban de viaje.

Después, aunque seguía lloviendo, advirtió a María que iban a continuar.

El charlatán masón y socialista dijo, para que le oyeran, que todos los guardas de las posesiones reales tenían más orgullo que don Rodrigo en la horca, y Aracil, haciéndose el ofendido, pagó la cuenta y salió de la posada.

Dejaron Chapinería, volvieron a tomar la carretera y cruzaron por un pueblecillo bastante bonito, llamado Navas del Rey. A la salida del pueblo, un soldado joven de la Guardia civil les saludó amablemente, y quedó contemplando a María con gran entusiasmo.

—¡Has hecho estragos en la benemérita!—dijo Aracil, irónicamente, a su hija.

—Sí; me parece que sí—contestó ella, riendo.

Comenzaron a bajar una gran cuesta, entre dos vertientes cubiertas de pinares. El cielo, violáceo en una zona y plomizo en otra, se presentaba amenazador; las masas de pinos se ensanchaban sombrías y negruzcas en las laderas del monte. Por la carretera, cubierta de pinocha, pasaba alguno que otro carro de bueyes, cargado de maderas; una nube pizarrosa se extendió por el cielo. Comenzó a llover; el camino se puso resbaladizo y peligroso; luego, el tiempo se cerró definitivamente.